TANGO, CANCIÓN DE AUSENCIA. 

“Y háblame simplemente
 de aquel amor ausente
 tras un retazo del olvido...”.
 ("La última curda". C. Castillo / A. Troilo) 

1- La Comedia Humana de Buenos Aires.

Como lo ha planteado Jorge Luis Borges las letras de tango son de valor desigual. La razón de tal disparidad radica en que proceden de miles de plumas heterogéneas, lo cual no es ajeno a cualquier expresión literaria. Lo cierto es que se ha ido conformando un corpus poeticum, incluso “podríamos llegar a decir que forman una inconexa y basta comédie humaine de la vida de Buenos Aire (1). Acaso, precisando un tanto más la cuestión, podemos decir que los tangos nos brindan una perspectiva de lo que es la comedia de los sexos. Como lo señala Ernesto Sábato son varios los pensadores que han asimilado el tango al sexo, por ejemplo, juzgándolo como una simple danza lasciva.
Es muy posible que el tango tuviera letra desde su origen, pero su papel era secundario al de la música. Era el fruto de la improvisación que surgía del entusiasmo provocado por los chispeantes compases que emanaban instrumentos ágiles. Para Cátulo Castillo, luego de esta etapa correspondiente a la  denominada Guardia Vieja, cuando se hace presente la orquesta y el bandoneón, con estudiado fraseo, el canto encuentra un lugar. El tango pierde ritmo y se hacen propicios los versos alejandrinos y los discursos deliberados. Otras opiniones, como la de Daniel Vidart, se inclinan por el contrario, a pensar que la música se hizo más pausada para escuchar la palabra; los instrumentos se adaptaron entonces a la voz humana. Como suele suceder ambas opiniones tienen algo de verdadero: es comprobado que algunas letras evolucionaron por las transformaciones musicales, pero también que las condicionaron.

2- Ese reptil de lupanar.

Leopoldo Lugones llamaría al tango “reptil de lupanar”. Dicha definición que ha sido considerada desdeñosa, no hace más que dar cuenta del origen del tango: los lupanares, y que desde allí trepó para imponerse en los barrios donde era rechazado, luego de ser adecentado en París. 
En un principio las letras no hicieron más que reflejar el ambiente en el cual se le dio vida. Al baile de lupanar le correspondía una letra prostibularia. Paralelamente a las letrillas obscenas que coreaban los concurrentes de los burdeles surgió cierta poética rufianesca. El tango con argumento se consolida con Pascual Contursi. La turbia poesía rufianesca dio lugar entonces a una conmovedora efusión lírica. (2)

3- Canción desesperada.

Resulta casi ridícula la discusión sostenida por los estudiosos de si merecen conferírsele a las letras de tango un mérito poético, por supuesto recordamos lo heteróclito de su calidad. Se ha dicho que conservan un lugar marginal en la literatura, como el que tenía en sus orígenes. Que ha ido de las orillas de la ciudad a las orillas de la literatura. Quizás lo más apropiado sería hablar de una cuestión “murciélago”, sobre todo a partir de la introducción de una jerga como el lunfardo. De esa forma, un discurso no oficial comienza a anidar en la poesía.
La complejidad del registro verbal de algunos autores de letras de tango ha hecho que se conforme una retórica particular, lo cual como lo ha planteado Rosalba Campra, implicó una actitud lingüística innovadora, conformada por la particular tensión entre un modo “letrado” y un modo “bajo”, dando lugar a un hibridismo. 
Más allá de los precarios intentos de clasificación, los temas que abordan las letras son innumerables, desde los grandes problemas sociales y personales hasta los hechos cotidianos o el cordón de la vereda. Pero es verdad que hay una insistencia en “ilustrar tragedias” y que el “tango parece haber encontrado su zona de excelencia en la exaltación del fracaso” (3). Se trata de una manera de considerar la vida, o más bien de sufrirla; en definitiva, de estar parado con relación al goce.

4- Aquel amor ausente.

Esta cuestión cobra una intensidad particular al procurar dar cuenta de la posición que se tiene frente a la mujer. La crítica frecuente de tratarse de un “lamento de carnudo”, puede encontrar su fundamento en un puñado de letras; sin embargo se trata de un reduccionismo que no atrapa la verdad del asunto, que no revela el secreto que, según Borges, como todo lo verdadero, encierra el tango.
Resulta insistente cómo el objeto femenino, como lo plantea Jacques Lacan en el seminario La ética del psicoanálisis, “se introduce por la muy singular puerta de la privación, de la inaccesibilidad” (4). ¿Se tratará de esa repercusión ética, señalada por Lacan, inherente al amor cortesano a la cual son sensibles las relaciones entre los sexos? Esto no implica que el letrista de tango sea un poeta cortesano. Sin embargo, por medio de la sublimación es capaz de plantear cuestiones inherentes al amor en sus diferentes vertientes, tocando, de tanto en tanto, ese vacío que constituye su punto nodal, revelando sus espejismos: “Yo nunca tuve un amor...” (“Recuerdo”). O bien: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor” (“Yira... yira”). Incluso Campra habla del reconocimiento de una distancia insalvable con el objeto. 
De aquellas primeras letras que nacieron en los piringundines y le cantaban a las mujeres del lugar, pasó a cantársele a la mujer perdida. Se observa, entre tantos tangos, en “Cristal”: “Y ahora sólo sé que todo se perdió la tarde de mi ausencia”. Así como en “La vi llegar”: “Y en ese desencanto brutal que me condena, la vi partir... sin la palabra del adiós”. Entonces se pasa a cantar a la mujer ausente, los temas cobran el estatuto de una carta de amor. “Te adoro cuando estás... y te amo mucho más cuando está lejos de mí” (“Pasional”).
La mujer irá ocupando diferentes lugares, siempre de acuerdo a los fantasmas de quien escriba. Pero aun en su presencia la distancia, de alguna forma, permanece vigente aunque sea dificultando la posibilidad de expresión. El objeto suele aparecer idealizado: “Yo no sé con qué se mide tu incomparable valor. Quisiera inventar palabras para decir lo que siento, pero otra vez dejo que hable como quiera el corazón”. (“Vos te bancas mi final”) 
Se hace presente, entonces, sobre todo, la añoranza de la mujer, no la presencia de un instrumento de lujuria como lo fue en un principio. Es verdad que se dará cuenta de lo que es del orden de la impotencia, pero el canto también será capaz de sacudir lo imposible.
El tango toca al presente “como algo ya perdido en el instante mismo que se lo nombra”, canta a lo ineluctable del amor, sus letras suelen construirse a partir de lo que no fue y de lo que no será, irremediablemente. Es una canción de ausencia. 
Puede encontrar consuelo en la degradación de la mujer: “Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo” (“Mano a mano”). O más humorísticamente, como en un tango de E. Discépolo: “Sola, fané, descangallada, la vi esta mañana salir de un cabaret. Flaca, dos cuarto de cogote, una percha en el escote, bajo la nuez...” (“Esta noche me emborracho”). Tenemos también a la “Madame Ivonne” de Enrique Cadícamo. Resulta, entonces, frecuente cantarle a la decadencia, presente o futura, juntando así el problema frente a lo femenino y al paso del tiempo. El punto resultante es lo efímero (“La luz de un fósforo”).
Ocupa también un lugar de importancia la temática del regreso (“Volver”), pero para encontrase con “Nada”. 
Un antídoto para paliar el sufrimiento, sobre todo aquel suscitado por la traición, puede ser la muerte, el rencor o la venganza. Pero sobre todo el alcohol: “Esta noche amiga mía, el alcohol nos ha embriagado... Cada cual tiene sus penas, y nosotros las tenemos, esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más” (“Los mareados”). (5)
Otro de los temas claves es la nostalgia. “¿Dónde estará mi arrabal?... ¿Quién se robó mi niñez?...” (“Tinta roja”). Sobre todo resulta la mujer la que es trenzada en la nostalgia (“Se muere de amor”). Todo el tiempo se escuchan los ecos del pasado: “...me parece verte regresar del adiós”. (“Al compás del corazón”). 
Nuevamente nos encontramos bordeando los planteos lacanianos del seminario La ética del psicoanálisis. En esa búsqueda del Otro absoluto lo que se puede encontrar es sólo la nostalgia. Es decir, en lugar del objeto, sólo las coordenadas de placer, o de displacer. Porque el tanguero gusta cantarle al goce perdido. Recupera dichas coordenadas y procura tramitarla.
Reproducimos una observación de Ernesto Sábato, cuyo acercamiento con nuestra posición puede observarse hasta en el uso de mayúscula en el lugar del Otro: “El cuerpo del Otro es un simple objeto, y el solo contacto de su materia no permite trascender los límites de su soledad”.(6) Esto duplicaría la tristeza del acto sexual: no solo deja al hombre en su soledad inicial sino que el intento inútil termina por agravarla. Sábato afirma que los autores de tango hacen metafísica sin saberlo. Y sin saberlo, se las arreglan como pueden con la inexistencia de una proporción entre los sexos. Dan cuenta permanentemente de ese exilio estructural del que padecen los seres sexuados. Incluso al recordar a los amigos de antes, no se puede dejar de evocar al “fraternal amigo que se hundió cinchando en la tormenta de un querer”. (“Che, bandoneón”).

Notas y Referencias bibliográficas:

1- Borges, J. L “Historia del tango”. Obras Completas. España, 1984, pág, 165. 
2- Gobello, J., “Orígenes de la letra de tango”, La historia del tango, Volumen 1, Corregidor, Buenos Aires, 1976.
3-  Campra, R., Como con bronca y junando... La retórica del tango,  Edicial, Buenos Aires, 1996.
4-  Lacan, J., El seminario libro 7, La ética del psicoanálisis,  Paidós, Buenos Aires, 1988, pág. 183.
5-  Al igual que como sucede con la mayoría de los temas planteados, los tangos que abordan la cuestión del alcohol como solución al sufrimiento son muchos, entre ellos, además del citado, podemos escuchar: “La última curda” (C. Castillo / A. Troilo); “Esta noche me emborracho” (E. Discépolo); “El encopao” (E. Dizeo / O. Pugliese); “La última copa” (F. Canaro / J. Caruso); “El vino triste” (M. Romero / J. D'Arienzo).
6-  Sábato, E.,  Tango. Discusión y clave,  Losada, Buenos Aires, 1997, pág. 16.

Bibliografía:

AAVV, Proa, Noviembre/Diciembre 1995, Buenos Aires, Tercera época, Número 20.
AAVV, Tangueando, Ediciones. IMFC, Buenos Aires, s/f.
AAVV, Sentir el tango, Altaza, Barcelona, 1998.
Borges, J. L., "Historia del tango",  Obras Completas, España, 1984.
Campra, R., Como con bronca y junando... La retórica del tango, Edicial, Buenos Aires, 1996.
Gobello, J., (Selección), Letras de tango, Nuevo Siglo, Buenos Aires, 1995.
Gobello, J., “Orígenes de la letra de tango", La historia del tango 1, Corregidor, Buenos Aires, 1976.
Lacan, J., El seminario, libro  7, La ética del psicoanálisis,  Paidós, Buenos Aires, 1988.
Romano, E. (Coordinación),  La letras del tango, Editorial Fundación Ross, Rosario, 1991.
Sábato, E., Tango. Discusión y clave, Losada, Buenos Aires, 1997.
Salas, H., El tango, Planeta, Buenos Aires, 1995.
Selles, R., "El tango y sus dos primeras décadas", La historia del tango 2, Corregidor, Buenos Aires, 1977.
Solano Suarez, E., "Los dichos del amor en el tango",  Perspectivas del síntoma,  EOL- Córdoba. Córdoba, 1997. 
Vázquez, M., "El lugar de la mujer en la poética tanguera", El Caldero de la Escuela  Número 39, Buenos Aires, Enero 1996.

Referencias a los siguientes tangos:

 “Al compás del corazón”, de H. Expósito y  D. Federico 
“Cristal”, de J. M. Contursi  y M. Mores
 “Che, bandoneón”,  de H. Manzi y A. Troilo
“Esta noche me emborracho”, de E. Discepolo.
 “La luz de un fósforo”,  de A. Suárez Villanueva  y E. Cadícamo
“La vi llegar”, de J. Centeya  y E. Francini
“Los mareados”, de E. Cadícamo  y J. C. Cobián
 “Madame Ivonne”, de E. Cadícamo
“Mano a mano”, de C. Flores, C. Gardel y J. Razzano 
 “Nada”, de H. Sanguinetti y J. Dames 
“Pasional”, de M. Soto y J. Caldara)
“Recuerdo”, de O. Pugliese y E. Moreno
“Se muere de amor”, de C. Castillo y P. Mafia
 “Tinta roja”, de C. Castillo y S. Piana 
“Volver”, de A. Le Pera  y C. Gardel
“Vos te bancas mi final”, de J. M. Moreira y Carlos Cristal
“Yira... yira”, de E. Discépolo



Luis Darío Salamone 

Comentarios

  1. Excelente texto. Lo voy a intentar guardar. Yo siento el tango como pasión, desgarro, erotismo, muerte y la constante presencia de lo imposible, de lo inalcanzable femenino.

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